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Apertura a los demás



Lc 16, 19-31

Vigésimo Sexto Domingo del Tiempo Ordinario


En el Evangelio de hoy, Jesús vuelve a advertirnos sobre la relación que existe entre el uso de las riquezas y la salvación o condenación. En la parábola del rico y de Lázaro, Jesús hace una ilustración catequética de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios… Pobres de ustedes los ricos, porque ustedes tienen ya su consuelo…” (Lc 6, 20-26).

El rico de la parábola se condena. No porque fuera rico, pues según la enseñanza del domingo anterior (Lc 16, 19) el dinero puede transformarse en instrumento de salvación. El rico tuvo la posibilidad de hacer esto, de poner su riqueza al servicio de la liberación del pobre, y esta oportunidad se llamaba Lázaro. Pero el rico se encerró en su riqueza y se condenó.




El rico era un idólatra del dinero, un pecador. Por eso no estaba abierto a las necesidades de Lázaro. El pecado y el infierno son el resultado de no abrirse al “otro”, al pobre; de no salir de sí mismo para entrar en el mundo del “otro”. La condenación es el no amor, el encierro estéril en sí mismo; la salvación es la plenitud del amor y de la apertura a los demás.


El mensaje de Jesús nos obliga a un replanteamiento de la vida; al escuchar el Evangelio de hoy, necesariamente se nota la invitación a comprender de manera radicalmente nueva el sentido último de todo y la orientación decisiva de nuestra conducta.

Será difícil permanecer indiferente ante la palabra de Jesús, al menos si uno sigue creyendo en la posibilidad de ser más humano cada día. Es difícil no sentir inquietud y hasta cierto punto malestar al escuchar palabras como las que hoy nos recuerda el texto evangélico: “no se puede servir a Dios y al dinero”.


Es imposible servir a un Dios que es Padre de todos y vivir al mismo tiempo esclavos del dinero y del propio interés. Solo hay una manera de vivir como hijos de Dios, y es vivir como hermanos de los demás. El que vive solo para sus intereses no puede ocuparse de sus hermanos, y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios.


La parábola termina con el diálogo entre el rico condenado y Abraham. La última parte es importante para entenderla en toda su significación: “Padre Abraham, si un muerto va a verlos, se arrepentirán”, dice el condenado y Abraham le contestó: “Si no escucharon a Moisés y a los profetas, no harán caso aunque resucite un muerto”.


Es sorprendente con qué sencillez desenmascara Jesús nuestras falsas ilusiones. Escuchemos de nuevo sus palabras: “No pueden servir a Dios y al dinero”. Nosotros creemos que nos servimos del dinero; Jesús nos habla de que servimos al dinero. Nosotros pensamos que somos dueños del dinero, y no vemos que el dinero es nuestro dueño y señor. Creemos poseer las cosas, y no nos damos cuenta de que las cosas nos poseen.


Así pues, para orientar nuestras vidas, no podemos menos que escuchar las palabras proféticas del evangelio, en las bienaventuranzas y en los discursos de Jesús.

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