¡Ánimo, soy yo!
- Father Enrique Terriquez

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Mateo 14, 22-33
Decimonoveno Domingo del Tempo Ordinario
De la lectura de este pasaje del Evangelio se deduce que la fe consiste en creer en Jesús y confiar en Él en todas las dificultades de la vida.
Seguramente aprovechando los momentos de sus idas y venidas por el lago de Galilea, Jesús educaba a sus discípulos para enfrentarse a tempestades futuras más peligrosas.
Jesús recrea ahora uno de estos episodios para ayudar a las comunidades cristianas a liberarse de sus miedos y de su poca fe.
El simbolismo de este pasaje resulta especialmente adecuado para la enseñanza de Jesús. La situación de la barca es desesperada: la oscuridad de la noche, la fuerza del viento, el oleaje y el inminente peligro de hundirse evocan un escenario de caos e incertidumbre. Con este lenguaje bíblico de la creación, que nos recuerda que Dios tiene poder sobre las fuerzas del caos, así las primeras comunidades cristianas encontraron en este episodio un motivo para renovar su esperanza y fortalecer su confianza en lo que Jesús podía hacer.
Y, en este escenario simbólico, cobra importancia Pedro, a quien Jesús escogió para conducir la barca (su Iglesia) a puerto seguro. Pedro es el gran milagro de Jesús, en el que nos dice a todos: “No tengan miedo: soy Yo”. Los evangelios nos hablan de otros momentos de prueba en los que Jesús estaba presente para fortalecerlo en su fe.
Recordemos la noche de Jesús, la noche de Getsemaní: que nos narra San Marcos (14, 32-42).
Jesús se siente horrorizado, aterrado en extremo, desolado, siente una tristeza de muerte. Esto le hace caer en tierra como desplomado.
Jesús no quiere esta clase de muerte que le espera, ni su causa, ni la manera como se dará.
Mientras Jesús expresa su oración desgarradora; Pedro, Santiago y Juan duermen, nadie lo acompaña; no cuenta con nadie.
Ante este dolor devastador que le invade, Jesús se dirige a Dios con gran franqueza y familiaridad, Él no quiere lo que le va a pasar, pero menos aún quiere oponerse al proyecto salvador de su Padre.
A esta agonía se suma la gran traición de Judas. Y, una vez arrestado Jesús, todos los discípulos que lo acompañaban huyen y lo abandonan al verlo arrestado (Mc. 14,43-52).
Mientras Jesús comparecía ante las autoridades judías que trataron de darle la peor de las muertes a como diera lugar, Pedro, el portavoz y el primero de los discípulos, lo negó de la manera más cobarde.
Este es el Jesús de nuestra fe, que no permite que Pedro se hunda en el mar tempestuoso de su traición. Este es Jesús, quien, al aparecerse resucitado, le pregunta a Pedro tres veces consecutivas: Pedro, ¿me amas? A lo que Pedro responde, entre lágrimas: Señor, tú sabes que te amo. Y Jesús le confió su rebaño, su Iglesia: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn.16,36)
Este es el Jesús resucitado que nos invita a seguirlo y nos dice: “No tengan miedo: yo he vencido al mundo” (Jn 21, 14-18). Y que en el hoy de nuestros miedos y dudas de fe, Jesús está presente para decirnos: ¡Ánimo, soy Yo!
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