Cristo Rey
- Father Enrique Terriquez

- Nov 14, 2025
- 3 min read
Lc 23, 35-46
Ante Pilato, Jesús se había declarado rey (Jn 18, 35ss). Esto bastaba para hacerlo blasfemo ante el poder religioso, y sedicioso ante el poder civil. Y aunque agrega que “su reino no es de este mundo”, el sentido de estas palabras escapaba a sus jueces. Jesús fue entregado a la muerte.
Ante el poder era un rey fracasado; el letrero en la cruz lo atestiguaba: “Este es el Rey de los Judíos”. Pero ante el pueblo, la cosa era más compleja. Por sus hechos y palabras, por su vida entera, Jesús había dado testimonio de ese “otro reino”, y en el momento de su muerte sus palabras eran para muchos fuente de especulación y de esperanza.
El Evangelio de hoy nos presenta el contraste de estas dos realezas. La falsa, la del poder temporal, la triunfalista. Los que aguardaban esto, no entendieron ni entenderán nunca nada de Jesús. “Si tu eres el Rey de los Judíos, sálvate a ti mismo”. El Reino de Cristo no va por ahí.
Frente a esta falsa visión, el Evangelio nos introduce en la visión auténtica de su realeza. El buen ladrón la comprendió. Tal vez purificado por su sufrimiento, llegó a percibir lo que significaba “mi reino no es de este mundo, sálvate a ti mismo”. Y comprendió que este reino es el único valido, absoluto. “Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”.
Conviene recordar que en el Evangelio de San Juan, Jesús muere encomendando gente, estableciendo nuevas relaciones, creando una nueva comunidad (Jn 19, 25-27). La única y conclusiva palabra no es la de un capitán, sino la de Jesús (Jn 19, 30).
Para San Juan la Cruz es el trono de Jesús. Lo que humanamente hablando era la máxima degradación. La muerte en la cruz, la llegada a ese fondo de la miseria humana, es para San Juan la ascensión de Jesús a su trono real. Así consuma la revelación infinita de Dios por este mundo (Jn 3,16). “Desde lo alto de la cruz Jesús se convierte en Rey del mundo, en Salvador del mundo (Jn 4, 42).
Por otra parte, conviene recordar lo que San Juan señala que a la hora de la muerte no hay tinieblas. Es la hora de la gran revelación. “Cuando levanten en lo alto al Hijo del Hombre, entonces comprenderán que yo soy” (Jn 8,28).
Podemos afirmar entonces que Jesús es Rey porque su mensaje y la gracia transformante que brota de su cruz es el único liberador. Libera internamente a todos los hombres, de sus pecados y servidumbres. Libera a la sociedad porque transforma a los hombres que la componen, y porque los valores que inyecta en ella - la justicia, la fraternidad, la paz, el valor absoluto del “otro”, son el fermento y la condición de cualquier proceso de salvación.
San Lucas describe con acentos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Nadie parece entender su entrega. Nadie ha captado su amor a los últimos. Nadie ha mirado en su rostro la mirada compasiva de Dios al ser humano. Cuando de pronto: una voz potente invoca: “Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino”. “Hoy estarás conmigo…”. Respuesta inmediata. Hoy mismo estaran los dos juntos disfrutando de la vida del Padre.
!Venga a nosotros tu Reino, Señor!
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