Multiculturalidad, el presente y futuro de la Iglesia
Han pasado ya casi nueve años desde que llegué a Idaho y a este país que, desde el primer momento, me ha permitido descubrir una gran diversidad cultural.
Uno de los primeros acontecimientos en los que participé fue el proceso del V Encuentro del Ministerio Hispano en los Estados Unidos. Esta experiencia me permitió conocer y aprender sobre la diversidad étnica y cultural que existe tanto en este país y en nuestra Diócesis de Boise.

Muchas veces, como líderes ministeriales o como líderes de los equipos de voluntarios en nuestras comunidades, nos enfrentamos al desafío de cómo mantener e incrementar la participación de los fieles en la vida de la Iglesia.
Continuamente hablamos de que debemos ser abiertos y dar “la bienvenida” a todos, pero existe una gran diferencia entre decir: “Eres bienvenido aquí” y decir “Te necesitamos aquí”. Con frecuencia nos comportamos más como guardianes de puertas que como quienes están llamados a abrirlas.
Debemos pasar de ser guardianes de puertas a ser quienes las abren. La diferencia está en las preguntas que hacemos: los guardianes preguntan: ¿Sabes cómo hacemos las cosas aquí?, mientras que quienes abren puertas preguntan: ¿Qué dones ha puesto Dios en tu interior? Los guardianes protegen sus posiciones; quienes abren puertas desarrollan a las personas para que ocupen sus posiciones. A los guardianes les preocupa perder el control; a quienes abren puertas les entusiasma multiplicar el liderazgo. Los guardianes dicen: “Espera a estar listo”; quienes abren puertas dicen: “Ven y camina conmigo”.
En varias ocasiones la diversidad étnica y cultural puede ser un factor que dificulta la participación de los fieles. Nuestras parroquias y ministerios deben ser el reflejo de esta multiculturalidad; observemos a nuestros vecinos, a nuestras escuelas y a las familias que cruzan las puertas de nuestra iglesia y de nuestros ministerios. El rostro de la Iglesia está cambiando, y eso no es algo que deba temerse; es algo que debemos celebrar.
Nuestra Iglesia católica es blanca, hispana y latina, asiática, indígena, africana y caribeña; es inmigrante, urbana y rural; de clase acomodada, de clase trabajadora y pobre. Es verdaderamente universal. Por eso, la diversidad cultural y étnica no es algo que debamos agregar al catolicismo: ya forma parte de lo que significa ser católico. Como señala el Concilio Vaticano II en Lumen Gentium, n. 13: “Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios… En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes aporta sus propios dones a las demás y a toda la Iglesia”.
Esta diversidad tampoco se opone a la unidad de la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el n. 814, recuerda que “desde el origen, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con una gran diversidad, que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben”.
En el libro del Apocalipsis 7:9, leemos “Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, que estaba de pie delante del trono y delante del Cordero.”
Esto nos muestra que el cielo es multicultural. Y si nuestra Iglesia y nuestros ministerios tienen la misión de preparar al pueblo de Dios para llegar al cielo, quizá nuestros ministerios y nuestras comunidades parroquiales deberían empezar a parecerse un poco más al cielo.
Recientemente asistí a la Conferencia Nacional de San Vicente de Paúl, donde el Dr. Ansel Augustine (subdirector de Asuntos Afroamericanos para la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos) compartió la siguiente reflexión acerca de la multiculturalidad en la Iglesia y en sus ministerios:
“Para lograr una Iglesia y un Ministerio multicultural se requiere más que poner diferentes caras en los boletines o en la publicidad de nuestros eventos. Se requiere escuchar, se requiere humildad, se requieren relaciones. Se requiere permitir las diferentes expresiones culturales que dan forma a nuestra comunidad y a nuestro ministerio. Muchas veces nuestras instituciones dicen “Todos son bienvenidos”, pero lo que en realidad significa es “eres bienvenido siempre y cuando aprendas a ser como nosotros”. Una auténtica bienvenida nos dice, trae tu historia, comparte tu cultura, trae tu idioma, trae tu música, trae tus preguntas, trae tus experiencias, trae tus heridas, trae tu sabiduría, trae todo tu ser y juntos descubriremos qué es lo que Dios está creando entre nosotros.”
Abramos nuestro corazón y nuestra mente al Espíritu Santo para que trabajemos todos juntos por ser como aquellos que abren puertas para lograr la participación de todos en nuestras parroquias y ministerios, trabajemos por el enriquecimiento multicultural de nuestras comunidades parroquiales, construyamos puentes y no barreras. Que la riqueza de nuestras culturas y razas dé impulso al trabajo de la pastoral de conjunto que tanta falta nos hace en nuestras comunidades.
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