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Madre Angie celebra 25 años de vida religiosa

58 minutes ago
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Madre Angie Gutiérrez, Sierva de la Inmaculada Concepción.


Por Vero Gutiérrez

Editora Asistente


“Elegir el camino de la vida religiosa no es fácil, pero la buena noticia es que, en este recorrido, Jesús ha estado siempre conmigo”. Con estas pa-labras, la Madre Angélica Gutiérrez, conocida cariñosamente como Madre Angie, resume los 25 años que ha vivido como Sierva de la Inmaculada Concepción.


La Madre Angie, llegó de México a Idaho en el año 2023 gracias a un programa de intercambio entre la Diócesis de Boise y Catholic Extension Society y, actualmente colabora en diversos ministerios en la parroquia de Saint Edwards en Twin Falls.

Rodeada de amigos, miembros de la comunidad, sacerdotes, el obispo Peter Chistensen y hermanas de su congregación que viajaron desde México para acompañarla, Madre Angie, dió gracias por 25 años de vida consagrada en una celebración Eucarística, presidida por el Padre Julio Vicente.


Después de la celebración eucarística, la Madre Angie  junto con  sus hermanas de  congregación,  quienes viajaron desde México para acompañarla , los sacerdotes  que participaron en la Misa y el grupo de monaguillos. (Foto ICR/Vero Gutiérrez)
Después de la celebración eucarística, la Madre Angie junto con sus hermanas de congregación, quienes viajaron desde México para acompañarla , los sacerdotes que participaron en la Misa y el grupo de monaguillos. (Foto ICR/Vero Gutiérrez)

Con motivo de este aniversario, Madre Angie compartió con nosotros su historia, sus aprendizajes y lo que ha significado para ella vivir estos 25 años al servicio de Dios y de los demás.


¿Cómo describiría estos 25 años de vida religiosa?


Ha sido un camino lleno de experiencias y aprendizajes, de muchas alegrías y también de sacrificios, pero, sobre todo, de haber experimentado el amor de Dios en mi vida. He descubierto que la vida religiosa no consiste solo en renunciar a muchas cosas, sino en encontrar una felicidad más profunda al saber que mi vida tiene un sentido: amar y servir al Señor a través de los demás.


Han sido años en los que he aprendido a confiar más en Dios, he crecido en la fe y he aprendido también a conocerme y aceptar mis limitaciones. También he descubierto que su gracia y misericordia son suficientes en mi camino. Hoy, después de todo este tiempo, siento que ya no sabría cómo vivir sin Él.


La Madre Angie junto a  los sacerdotes Mauricio Medina, José de Jesús González, Camilo García, Joseph Lusting, Julio Vicente y Nelson Cintra. (Foto ICR/Vero Gutiérrez)
La Madre Angie junto a los sacerdotes Mauricio Medina, José de Jesús González, Camilo García, Joseph Lusting, Julio Vicente y Nelson Cintra. (Foto ICR/Vero Gutiérrez)

Lo que más he disfrutado es poder experimentar la presencia de Dios en lo cotidiano: en la oración, en la comunidad, en el servicio y especialmente en las personas a quienes he podido acompañar en su crecimiento espiritual.


Una de mis mayores alegrías ha sido descubrir que Dios puede servirse de una persona sencilla para tocar el corazón de los demás. Ver el crecimiento espiritual de las personas a las que he acompañado, sus conversiones, sus testimonios y su deseo de acercarse a Dios ha sido una experiencia muy hermosa. También he disfrutado mucho de la fraternidad, de compartir la vida con las hermanas y de saber que no camino sola y que soy parte de una familia espiritual.


¿Cuál ha sido la experiencia más bonita que ha vivido como religiosa?


Creo que lo más especial es saber que mi vida le pertenece a Dios y que puedo ofrecerle cada día mi tiempo, mis capacidades, mis alegrías y también mis dificultades.


Es una gran gracia saber que uno vive solamente para amar y servir. Y lo más gratificante es descubrir que la verdadera felicidad no está en tenerlo todo, sino en saber para quién vivimos. Entregar la vida a Dios no significa perderla sino encontrarla en un amor más grande, más libre y fecundo.



Parroquia de Saint Edward the Confessor en Twin Falls.
Parroquia de Saint Edward the Confessor en Twin Falls.

¿Cuál ha sido la tristeza más grande que ha experimentado?


Son varias. Una es la de un joven que fue asesinado por consumir drogas y que era uno de mis alumnos.


Y otras son los momentos de separación de las familias, en los que me gustaría ayudar más a las personas, pero creo que es tarde cuando una de las personas se ha cansado de luchar para continuar viviendo juntos. Hay mucho dolor y muchas cosas por perdonar. Sin embargo, esos momentos me han enseñado que la vocación no se sostiene solo con momentos bonitos, sino con fidelidad, oración y confianza en Dios.


He aprendido que incluso en días difíciles, el Señor sigue trabajando y que, muchas veces, es precisamente en la cruz donde más se fortalece nuestra entrega.



Después de 25 años de vida religiosa ¿cómo ha vivido la distancia de su familia y qué significa hoy para usted esa relación con ellos?


Mi familia siempre ha sido una parte muy importante de mi vida. Aunque no siempre he podido estar físicamente cerca de ellos, nunca han dejado de estar presentes en mi corazón y en mis oraciones.


La distancia a veces duele especialmente en momentos importantes como las enfermedades, la muerte de algún ser querido, las celebraciones o las situaciones en las que uno qui- siera estar presente. Pero también he aprendido que el amor no depende solo de la cercanía física. He tratado de acompañarlos de otras formas, ya sea con la oración, con una llamada, o con un mensaje y confiando en que Dios los cuida.


Estoy agradecida por su comprensión, por sus sacrificios y por el apoyo que, de una u otra manera, me han brindado a lo largo de estos años.


El Padre Julio Vicente imparte la bendición a la Madre Angie Gutiérrez, acompañado por el seminarista Memo Gutiérrez ,en la parroquia Saint Edwards. (ICR Foto /Vero Gutiérrez )
El Padre Julio Vicente imparte la bendición a la Madre Angie Gutiérrez, acompañado por el seminarista Memo Gutiérrez ,en la parroquia Saint Edwards. (ICR Foto /Vero Gutiérrez )

Después de todo este tiempo, ¿cómo describiría su experiencia de vivir en comunidad?


La vida en comunidad es una escuela diaria de amor, paciencia, humildad y perdón.


Después de todos estos años he aprendido que vivir con otras personas no siempre es fácil, porque cada una tiene su propia manera de ser, sus costumbres, talentos y limitaciones. Pero precisamente ahí está la riqueza; aprender a aceptar, escuchar,

dialogar, perdonar y avanzar juntas. La comunidad me ha enseñado que no se trata de que todas pensemos igual, sino de aprender a construir unidas desde nuestras dife- rencias. También es una gran bendición tener a las hermanas con quienes comparto la fe, las alegrías, las preocupaciones y la misión.


La vida en comunidad también me ha librado de la depresión, de buscar amistades fuera de ella que no son sanas y me ha enseñado a compartir todo lo que tengo y todo lo que soy.


¿Qué ha significado para usted venir a Idaho como misionera y vivir aquí esta etapa de su vida religiosa?


Estar aquí como misionera ha sido una gran bendición no solo para mí, sino para toda mi comunidad de Siervas de la Inmaculada Concepción. Servir a la comunidad de Twin Falls y a todos sus alrededores me ha enriquecido, tanto espiritualmente como también en mi forma de ver el mundo; es decir, estos tres años de compartir mi fe con la comunidad han abierto más mi mente; he conocido más esta cultura que está llena de riqueza; he crecido en la forma de entender mejor el mundo en el que vivo. También estar aquí me ha llevado a un encuentro más profundo con Dios y a dedicar más tiempo a la oración personal.


¿Qué ha aprendido de la comunidad y de las personas que ha conocido durante su misión en Idaho?


Es edificante ver a los grupos pastorales trabajar y reunirse cada semana, lo que me habla de que tienen una fe viva que está en acción y en cre- cimiento. A veces pienso que cada persona siente que vino a este mundo para cumplir una misión: aportar bienestar. Cuando visitamos a las personas en su casa, ellas nos reciben muy amablemente y, a veces, yo me digo en mi interior: “No me lo merezco”…y mi forma de agradecérselo es hacer oración por ellas.



También me han enseñado a adaptarme al clima y a sus estaciones y a disfrutar de la belleza de un verano soleado, así como de un invierno con nieve.

En estos lugares las personas son muy amables y muy acogedoras con nosotras. Yo me siento muy bien con ellas y poder acompañarlas en este camino de fe me enriquece.


¿Qué recomendaría a una joven que siente que Dios la está llamando a la vida religiosa?


Mi recomendación es que no tenga miedo de escuchar la voz de Dios. Que se dé la oportunidad de conocer más de cerca la vida religiosa, que ore mucho, que busque acompañamiento vocacio- nal y que no tome decisiones solamente desde la emoción, sino desde una relación profunda con el Señor.


Que se pregunte con sinceridad “¿Señor, ¿qué quieres de mí?”. Y que tenga paciencia, porque la vocación es un camino de discernimiento. También que no piense solamente en lo que va a dejar, sino en todo el amor, la alegría y la vida nueva que Dios puede regalarle.


Y si Dios está llamando a su corazón, que tenga el valor de responderle. Nunca se arrepentirá de haberle dado a Dios una oportunidad en su vida.



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