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Cristo: Puerta Abierta al Reino


Jn 10, 1-10

Cuarto Domingo de Pascua


La metáfora del pastor que conduce su rebaño, profundamente arraigada en la experiencia de los “arameos nómadas” (Dt 26, 5) que fueron los patriarcas de Israel en medio de una civilización de pastores (Gen 4,2), expresa admirablemente dos aspectos, a primera vista opuestos y con frecuencia separados, de ‘la autoridad’ ejercida sobre los hombres.


El pastor es, a la vez, un jefe y un compañero. Es un hombre fuerte, capaz de defender su rebaño de los animales salvajes (1 Sam 17, 34-37; Mt 10, 16; Hch 20, 29), pero también es delicado con sus ovejas, conoce su estado (Prov 27,23), se adapta a su situación (Gen 33,13-14), y las lleva en brazos (Is 40,11). Quiere a cada una como a su hija (2 Sam 12,3). Su autoridad no se discute, está fundamentada en la entrega y el amor.


La figura del pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Moisés, Saúl, David, y otros líderes habían sido pastores. En este contexto, la Biblia describe las relaciones que unen a Israel con Dios a través de Cristo. En el cuarto Evangelio, Jesús se presenta como el único pastor anunciado (Ez 34,23) “Yo soy” (Jn 10,11). Y, aún más, se presenta como el mediador único, “la puerta de acceso a las ovejas”.


Así es Jesús. Una puerta abierta. Quien le sigue cruza un umbral que conduce a un mundo nuevo.


Jesús escoge una imagen muy común de la vida pastoril contemporánea. Se trata del corral o el aprisco donde se recoge el rebaño, protegido por una valla y con un guardia que vigila la entrada. Sin duda, Jesús, fija su atención en la “puerta” por la que entran las ovejas al criticar con dureza a los líderes religiosos de Israel ante un grupo de fariseos.


Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que se quiera hacer con las ovejas: el que no entra por “la puerta”, sino que salta la valla, viene a robar, matar o a hacer daño. La actitud del verdadero pastor es muy diferente: él entra por la puerta, llama a las ovejas por su nombre y ellas escuchan su voz; y, cuando las ha reunido a todas, camina delante de ellas hacia los pastos donde pueden alimentarse. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.


Pues bien. Jesús ha encomendado su rebaño a Pedro, en aquella escena, después de la resurrección, cuando aparece ante sus discípulos y, dirigiéndose a Pedro, quien lo negó tres veces la noche de su arresto, le pregunta tres veces: “¿Pedro, me amas?”. Pedro responde entre sollozos: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”, y Jesús le confía su rebaño diciendo: “apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. (Jn 21,15-17).


Y, desde entonces, la Iglesia, el rebaño de Cristo, es guiada por Pedro y sus sucesores hasta el final de los tiempos.


Desde Galilea, antes de su ascensión a los cielos, Jesús envía a sus discípulos a proclamar la Buena Nueva del Reino a todos los pueblos. (Mt 28, 17). El deseo de Cristo, el Buen Pastor, es que todo el mundo sea un solo rebaño y tenga vida en abundancia en los pastos eternos del cielo.


Por ello, debemos familiarizarnos con la voz de Cristo que resuena en los evangelios, en la meditación, la oración, etc. Y, bajo el cuidado pastoral del Papa, nuestros Obispos, y encendidos en la luz de Cristo en nuestro bautismo, podamos iluminar el camino que nos lleve a la puerta de entrada al Reino celestial.

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